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La Grulla Dorada |
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Había decidido llevar consigo unas doscientas grullas de papel plegado para repartir entre los que se detuvieran ante su puesto, pero le sucedió algo extraño: -una voz le dijo que hiciera, con papel de estaño, una grulla dorada. La extraña voz fue tan insistente que Art se encontró hurgando en su colección de papeles para origami hasta encontrar una brillante lámina de papel dorado.-¿Por qué hago esto?- se preguntó. Art no había trabajado nunca en papel de estaño; no era tan fácil de plegar como el resistente papel multicolor. Pero la vocecita insistía. Art carraspeó, tratando de ignorarla. -¿Por qué papel de estaño dorado? El papel común es mucho más práctico para trabajar-farfulló Art.
-Debes hacerlo- continuó la voz-; mañana lo entregarás a una persona
especial.
- ¿A qué persona especial? Esa noche Art plegó empeñosamente el rebelde estaño dorado, hasta convertirlo en una figura tan grácil y delicada como una grulla real a punto de levantar vuelo. Por último guardó a esa exquisita ave en una caja, junto con las otras doscientas coloridas grullas de papel que había hecho en las semanas anteriores. Al día siguiente, en el centro de compras, docenas de personas se detuvieron en el puesto de Art para hacerle preguntas sobre origami. Él hizo demostraciones. Plegó, desplegó y replegó. Explicó los intrincados detalles y la necesidad de hacer pliegues bien marcados. De pronto vio a una mujer de pie frente a él. La persona especial. Art no la habia visto nunca; sin pronunciar palabra, ella lo observó atentamente mientras él plegaba un trozo de papel rosado hasta convertirlo en una grulla de gráciles alas. Art levantó la vista hacia ella y, casi sin darse cuenta, metió la mano en la caja llena de grullas de papel. Allí estaba la delicada ave de papel dorado que había hecho la noche anterior. La sacó para depositarla delicadamente en la mano de la mujer. -No sé por qué, pero dentro de mí hay una voz que me ordena darle esta grulla dorada, señora. La grulla es el antiguo símbolo de la paz -dijo simplemente Art. La mujer, en silencio, extendió su manita en torno de la frágil ave, como si tuviera vida. Art notó que tenía los ojos desbordantes de lágrimas.
Después de un largo suspiro, la mujer dijo: Hoy... -se enjugó los ojos con la mano libre, mientras sotenía la grulla dorada en la otra. -Hoy cumpliríamos nuestras bodas de oro.
Luego, con voz clara, la desconocida agregó: Así aprendió Art a escuchar con atención cuando una vocecita interior le ordena hacer algo, aunque en el momento no lo entienda. Muchas veces nuestro espíritu se inquieta porque se siente imperiosamente movido a hacer algo; es como una voz que nos conduce hacia algo o alguien; una voz que no nos pertenece y no sabemos a quien pertenece en realidad. Pero el mandato es claro y fuerte. Y entonces nos sobreviene la disyuntiva de si debemos acatarla o no. Es difícil decidirlo la primera vez que se presenta, pero luego, la experiencia nos demuestra que, casi siempre, esa voz nos estaba guiando por el camino correcto.
Es esa
nuestra voz interior, que nos guía, nos protege y nos da señales de los
pasos a seguir cuando nuestra vida se halla en medio de un dilema. Nos da
pistas, nos ilumina
ciertos senderos, nos conduce a seres que pueden ayudarnos... nos cuida. |
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